El falso cuento de hadas

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por Nicolás Gallardo

Columnista

En las últimas dos décadas existió una imperiosa necesidad de encontrar referentes e ídolos que no reunían los requisitos. Ante la escasez de éxitos nacionales o continentales y en épocas de vacas muy flacas, el público millennial (y algunos que cuentan canas) del rojo se vio obligado a sentirse representado por algún jugador o técnico.

Exigen un sentido de pertenencia forzado para determinados miembros del plantel, que sólo llegan por una cuestión estrictamente profesional y monetaria. Es por esa razón que surge un “poliamor” tan prematuro como tóxico.

Quedó absolutamente desvirtuado el término ídolo o crack. Hoy besarse el escudo o gritar muy fuerte un gol ya es señal de idolatría y de real compromiso con la institución. Tirar un caño o una exótica gambeta cada 4 o 5 partidos ya alcanza para tildar de “distinto” a un jugador. Ante este contexto florecieron los tributos a los Fredes, a los Patito Rodríguez, a los Ignacio Piatti, a los Benitez, a los Gaibor, a los Leandro Fernández, y a los Sánchez Miño.

La vara se puso tan baja que cualquier cuento de hadas nos cerraba. Nos conformaba prácticamente con ningún sacrificio y perseverancia.

Es un romanticismo que pocas veces se plasma con la realidad. Un amor no correspondido. Un amor que, salvo algunos casos, sólo se plasma frente a las cámaras. Detrás de escena, sólo termina siendo un cariño de un lado y un desprecio o desinterés del otro. Y no es culpa de ese jugador o ese técnico. Es responsabilidad del hincha poner las cosas en su lugar y saber que tener ese nivel de exigencia tan bajo o sesgado solo nos lleva al fracaso, tarde o temprano.

Seguiremos pagando durante más años el daño que nos causó el emprendedor de los drones en Villa Dominico. Una sola conquista alcanzó para ser amo y señor del club. Le dieron la llave e hizo cualquier desastre sin pedir permiso. Debió pasar más de un año y medio para que recién la dirigencia y un sector del público empezara a anotarle errores. Se les otorga a los protagonistas un empoderamiento inadecuado, al punto de un fundamentalismo estúpido. Muchos hinchas sabemos que se escondieron, o se dejaron pasar, muchas cosas durante ese fatídico periodo post Maracaná.

El caso Silvio Romero y Sánchez Miño

Es una introducción válida para entender las consecuencias que se viven. Nos creemos que por gritar un gol alocado en un partido o porque votó en una encuesta, realmente tienen sentido de pertenencia y quieren al club. Son contados con los dedos de dos manos la cantidad de jugadores que realmente tienen un compromiso pasional con el club en el fútbol argentino.

En el club actualmente no hay ninguno. No significa que algunos no dejen todo en la cancha. Sin embargo, la realidad indica que el desgaste con la dirigencia aniquiló cualquier tipo de vocación.

No hay un solo jugador del presente plantel que quiera seguir jugando en Independiente, al menos en términos netamente futbolísticos y competitivos. Lo que debería ser un orgullo para cualquier jugador por vestir una camiseta tan gloriosa con la del rojo, hoy no existe. Las famosas frases de “quiero seguir” sólo obedecen a un factor. Distintos integrantes de este equipo cobran cifras que ningún otro club del país puede afrontar, ni cerca. Es inviable que Martín Campaña, Alexander Barboza, Juan Sánchez Miño, Lucas Romero, Fernando Gaibor, Cecilio Domínguez y Silvio Romero cobren honorarios en otros sitios como los que perciben en Avellaneda. Les ofrecen la mitad de sus actuales haberes y en lo posible que lleguen con el pase en su poder.

Es totalmente infantil haber creído en la convicción de muchos de estos futbolistas. Con un buen marketing en redes sociales alcanzó para atrapar al público. Con algunas entrevistas en los medios fue suficiente para continuar enamorados de algunos referentes. La verdad marca que somos víctimas de la manipulación de la palabra. Muchos de estos jugadores utilizan a Independiente como una ventana para seducir a otros clubes y terminar arreglando. Ese es el caso de Silvio Romero. El goleador de la última Superliga no tiene ningún tipo de interés de seguir en el rojo. Encabezó una operación mediática sólo por el hecho de intentar sostener su increíble sueldo, o bien intentar cerrar su llegada a Boca, su principal objetivo.

“Tal jugador quiere seguir en Independiente” es una falacia que repiten los hinchas. Silvio Romero solo pretende continuar jugando en el rojo si sigue cobrando sus ocho dígitos mensuales, que cada día aumentan como el dólar. Se produjo una falsa sensación de identidad con la institución. 

La culpa no es de los jugadores. El problema es que el hincha ponga las cosas en su lugar y dimensione el capitalismo que rodea a un mercado tan volátil como el fútbol. Aún con precios enormemente menores a otros años, casi no hay ofertas por los siete jugadores que fueron citados en la crónica, y casi una misma cantidad por jugadores de menor renombre.

Lo primordial es que la dirigencia aprenda de las lecciones. Es esencial que los próximos refuerzos lleguen con contratos terrenales y acuerdos lógicos. Ahora, el hincha tiene que tener una posición moderada. No debe confundirse el fervor de alentar siempre al equipo con creerse falsas historias de amor. Hay jugadores que aprovecharon ese cariño solo para engrosar sus cuentas bancarias.

Se celebra los públicos pronunciamientos de Iván Marcone y es claramente atendible hacer un esfuerzo por él. Sin embargo, es un caso absolutamente aislado. Es una contracara de lo que hace el amigo de Riquelme, Juan Sánchez Miño, quien hace pocos meses enfatizaba que buscaba seguir en el club. Sus reales intensiones salieron rápidamente a la luz en estas semanas y más con esta repudiable actitud de ausentarse de las prácticas virtuales.

Comprendiendo esta situación, lograremos acomodar las prioridades. Hablar de la continuidad de Silvio Romero no tiene sentido, ya es noticia vieja. Ya no estaba en Independiente hace dos a tres semanas cuando empezó a hablar por TV, cuando arregló su rebaja salarial temporal por la pandemia. Fueron distintas jugadas de ajedrez para dejar en jaque mate a un Independiente empobrecido, necesitado y casi anárquico. El goleador del campeonato está en una subasta con precios irrisorios a su real cotización. El rojo cayó en el juego de Silvio Romero. No tiene casi fichas para poder jugar en esta negociación. Boca no solo tiene los dados, sino que tiene el azar a su favor. El rojo es víctima de su propia impericia. Mientras tanto, regala su mejor patrimonio al postor menos deseado, aquel que busca destronarnos de la meca continental y tiene muchas chances de conseguirlo.

Si se consuma una serie de hechos desafortunados y lamentables, el hincha deberá reaccionar y no sufrir su propio Síndrome de Estocolmo.

@nicogallaok

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