Generar ocasiones, una verdadera misión imposible

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por Nicolás Gallardo

Columnista

Es realmente difícil hablar en forma positiva de un equipo que no ataca. No puede ni sabe cómo hacerlo. Resulta improcedente mencionar posibilidades concretas para pelear el torneo local o la Sudamericana si el equipo no pudo llevar a la práctica una sola jugada preparada o una combinación ofensiva destacada en cinco partidos.

Si bien estas columnas remarcaron en reiteradas oportunidades las limitaciones que cuenta este plantel, abruma proyectar el futuro si esta tónica se mantiene. Independiente tuvo fortuna que no se midió con rivales como Boca, River u otros que mantienen un nivel alto. Hubiera pasado papelones. De las cinco presentaciones, cuatro no se perdieron porque atajó Sebastián Sosa. Este domingo no se cayó en Florencio Varela porque Defensa y Justicia decide jugar sin delanteros y desperdició varias ocasiones claras de gol.

Es cierto que en el arco y la defensa hay puntos altos. Sin embargo, sostengo el mismo razonamiento. Al no tener adversarios de juste, es un análisis muy relativo. No han tenido atacantes de jerarquía para poder medirse de verdad.

Independiente no es serio. Pasaron ocho meses de pandemia y el técnico improvisa variantes como si hubiera asumido hace dos semanas. Es increíble que esto suceda pero ocurre. Tanto el anterior partido como en este cotejo pondera la unión y el esfuerzo de los chicos, pero esconde los enormes y preocupantes déficits de un equipo que no genera nada. Que no tiene una sola carta para comprometer al rival y que reza que tenga una buena noche su arquero.

No es saludable, seguir así no nos llevará a ningún lado, o mejor sí. Nos llevará a un peligroso camino que solo nos trae malos recuerdos. Si bien más material no hay, si es posible revertir parcialmente este momento. Primero hay que reconocer por completo este panorama. Uno espera que el discurso carente de realismo de Lucas Pusineri se basa en un sostenimiento anímico del plantel en pos de poder modificar las falencias que se vieron en estos partidos. Uno anhela eso. No obstante, no hay pruebas para confirmarlo hasta el momento.

Solo se pudo evidenciar una diferencia por algunos tramos del encuentro con Defensa. En la primera mitad, el equipo estuvo bien plantado en terreno ajeno, distribuyendo de buena manera la pelota. Inquietó al local que debió recurrir al pelotazo, pero no hizo la diferencia. Solo tuvo esa jugada que logró profundizar Velasco, quien habilitó al insípido de Domingo Blanco, que no definió de primera y en una muestra de pánico escénico por su falta de calidad, perdió la chance más clara del “Rojo”.

Es decir, llevó a la práctica una buena presión que incluyó una buena tarea de Lucas Romero y Lucas González (de flojo segundo tiempo), pero jamás pudo capitalizar esa recuperación o ese contraataque.

En el final del primer tiempo y el resto del complemento, Independiente volvió a no tener la pelota, a naufragar en la mitad de la cancha y a depender absolutamente de los atrevimientos de Alan Velasco, quien crece día a día. El saldo positivo es el acierto de poner a Soñora, quien debe tener más partidos junto a Velasco. Deben ser socios y no estar limitados a tener muchas obligaciones en el retroceso. A lo sumo tienen que presionar bien arriba pero hay que alentar su creatividad y que se mantengan frescos. Nada sirve tenerlos corriendo al 4 del contrario.

Preocupa la falta de suministro para Silvio Romero, quien cada vez se acerca más a la mitad de cancha para nutrirse de alguna pelota. Se lo nota opacado producto de un esquema de juego sin sentido en un equipo con cero ideas. Un equipo que pone extremos que no desbordan ni tiran buenos centros. Un equipo que pone un enganche que no gambetea. Un doble cinco que recupera veinte minutos y los otros setenta nada. Un lateral izquierdo que solo te hace la banda hasta la mitad de cancha. Un central que va a cabecear al área rival solo para hacer fouls en ataque. Y así podríamos enumerar.

Tristemente parece que Independiente tomó la cuarentena en serio. Parece que no se trabajó nada en estos ocho meses. Porque si bien es verdad que el equipo es marcadamente limitado, y se dijo en esta columna, es alarmante ver como el equipo falla en cuestiones básicas que claramente se solucionaban con entrenamiento. Es obvio que Pusineri no tiene la culpa que Lucas Romero o Domingo Blanco erren un pase a un metro, ni que Barboza le pifie a la pelota en su área una vez por partido. Pero lo que sí genera zozobra es pensar que no hay un plan de juego definido, que no sepamos a qué juega Independiente o que no tiene una alternativa ante la adversidad. Que no salga una idea ante rivales notoriamente pequeños. Y más preocupa este análisis cuando se pone como vara una conquista continental. Es infantil dimensionar semejante ambición cuando el equipo no ingenió una jugada elaborada en cinco actuaciones.

Asusta ver la falta de calidad individual en Independiente. Parece pasar desapercibido, pero hay decenas de situaciones en cada partido para enumerar el déficit de calidad. Por eso se festejan los empates contra Colón. No es solo por una atajada milagrosa y agónica de Sosa. Se festeja el empate con Colón porque,  tácitamente, se asume esta realidad. Y es triste creer que este presente perdurará en el tiempo.

Naturalmente, uno se niega a asumirlo y confía en una reconversión. Sin embargo, esta realidad genera que, salvo algunos creyentes de los milagros, quienes varias veces vimos esta película, cerremos los ojos y esperemos que el final sea lo menos dañino posible.

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