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“Allá vemos”
Una historia roja que vale la pena detenerse a leer.
“¿Os mininos qué edad tienen?”. Ya sé. No es una traducción exacta del portugués ni pretende serla. Es lo que entendió y transcribió mi cabeza en la que probablemente haya sido una de las peores y más bizarras noches de mi vida. Pero para entenderla hay que ir unos cuantos días atrás.
Invierno 2011. Este humilde servidor iba camino a terminar la secundaria. A contramano de lo que suele suceder con la inmensa mayoría de los adolescentes, Bariloche no era una obsesión ni mucho menos. A pesar de haber comenzado con los trámites para pagar el viaje, un distanciamiento con mis compañeros me hizo desistir.
Por esos caprichos del destino, en ese mismo momento en que mi curso partía hacia el célebre viaje de egresados, una mononucleosis me dejó literalmente de cama. Así, con o sin ganas, no hubiese podido ir. Nunca evité un despilfarro tan grande de plata. Nunca.
Sí. La enfermedad del beso. Hermoso martirio bancarse los ocurrentes chistes cuando, según mis cálculos, llevaba al menos seis meses sin besar a nadie ¿La hipótesis más probable? Haber compartido algún vaso en la última salida ¿Con quiénes? Obviamente con los amigos que me había peleado y ya reconciliado antes del viaje. Un visionario.
Resumiendo, mientras mis pares estaban en Bariloche, a mí me inyectaban ibuprofeno por ya saben dónde porque no me bajaba la fiebre. Era eso o internarme para ponerme suero. Ni en 500 Days of Summer hubo un expectativa/realidad tan fulero. Pero de repente todo comenzó a mejorar. O al menos eso creía.
Como durante toda mi vida, las alegrías y las tristezas fueron mucho más marcadas por el fútbol que por mi vida social. Por eso, el retorno de Gabriel Milito a Independiente me convirtió en uno de los jóvenes más felices del país. Ya medianamente recuperado de la enfermedad, la chance de volver a ver a un ídolo en casa cambió la ecuación de mis días.
Gaby regresó poco antes de que Independiente disputara la Recopa Sudamericana ante Internacional de Porto Alegre. Era, sin lugar a dudas, un refuerzo de garantías ante semejante desafío deportivo. Llegó, se calzó la 18, la cinta de capitán y salió a jugar la final de ida en el Libertadores de América.
Su nuevo debut no fue brillante. Tampoco malo. Luego de algunos minutos dubitativos, se acomodó en la cancha y redondeó una actuación positiva, a la par del equipo. A pesar de arrancar perdiendo, Independiente reaccionó, se puso 2-1 arriba y hasta estrelló un remate en el travesaño que hubiese cambiado la historia… de Brian Nieva. Pero también es para otra ocasión.
Sin entrar en muchos detalles futbolísticos, salí del estadio rebosante de optimismo, convencido que Porto Alegre iba a ser lugar de festejo para Independiente y sus hinchas.
Recuerdo que, a diferencia de muchísimas otras veces, ni le insistí a mi viejo para viajar. Sentía que era difícil, que no iba a tener ganas y que probablemente era caro para un viaje relámpago. Así como caminé del estadio al auto pensando en que íbamos a salir campeones, lo hice sabiendo que iba a verlo por televisión. Adivinen qué: me equivoqué de nuevo.
Volví del colegio, sonó el teléfono de casa y, vaya uno a saber por qué, atendí yo. “Vamos a Porto Alegre” sonó del otro lado, sin siquiera un hola mediante. “Sí, la verdad es que te lo merecés. Salimos el día del partido, vamos en avión con el Negro y Pato”. Si unas semanas atrás fui el pibe más feliz de Argentina, en ese momento me atrevo a decir que estaba para pelear a nivel continental.
Luego de la euforia, comencé a preguntar por datos viajeros que nunca tuvieron respuesta. Solo había una certeza: llegábamos, pasábamos el día allá, dormíamos después del partido y volábamos a Buenos Aires al día siguiente. La logística, el hotel y más detalles quedaron bajo una consigna tan absurda como a la postre trágica: “Allá vemos”.
Sin saberlo, mi padre y el Negro, su amigo, fueron pioneros del “Qué se yo, Todo Rojo”. Al fin y al cabo, ese “Allá vemos” fue apenas un poco más refinado que esa célebre frase del imaginario colectivo de Independiente. Nobleza obliga, Pato (el hijo del Negro) y yo no nos quejamos mucho. Al fin y al cabo éramos apenas unos adolescentes yendo a una final internacional en Brasil.
Luego de una espera que se me debe haber hecho interminable, llegó el día y viajamos a Porto Alegre. Aterrizamos, tomamos un taxi al centro y comenzamos a buscar hoteles. Resulta que, además de los 5.000 Diablos que viajaron por la copa, se estaba celebrando un congreso o algo similar que había agotado la capacidad hotelera.
Recorrimos al menos 10 alojamientos, todos con respuesta negativa. Desde hostels hasta el Sheraton, nadie tenía lugar para estos cuatro argentinos. Nadie.
Comenzó como algo gracioso y con el correr de las horas terminó tornándose más que preocupante. Teníamos mochilas, algún bolso que no podían entrar a la cancha y claro, también había que dormir en algún lugar. En medio de la desesperación, un grupo de hinchas nos dio la solución: “Vayan a nuestro hotel y dejen las cosas ahí, a nombre nuestro”. Muchas alternativas no teníamos.
Confiamos ciegamente en un grupo de desconocidos con el que solo nos hermanaba la pasión. Sí, muy romántico y todo lo que quieran, pero también podríamos haber perdido hasta el último calzoncillo. Sin mejores opciones, dejamos los bultos en el hotel y fuimos al Beira Rio. La noche recién empezaba.
El partido fue uno de los más dolorosos que recuerdo y no solo por la final perdida.
Milito tuvo una de las peores actuaciones de su carrera, Iván “Combinación Atómica” Vélez falló un gol insólito que nos hubiese dado el título e Hilario Navarro cometió un penal evitable cuando el reloj jugaba a favor. Como si esto fuera poco, ya con el Inter campeón, la organización decidió que la parcialidad visitante saliera luego de la local. Así, tuvimos que soportar la celebración, la posterior desconcentración de ¿40 mil? brasileros contentos y recién ahí salir del estadio. Sí, estás pensando lo mismo que nosotros en ese momento: no teníamos dónde dormir.
Paramos un taxi y fuimos a buscar nuestros bolsos. Una buena: estaba todo. Con ese pequeño gran consuelo, nos encomendamos al taxista como si fuese un pastor de esos que hablan en la tele a la madrugada. Muy a su manera, nos acercó un milagro.
Luego de una nueva recorrida por hoteles sin suerte alguna, al amigo gaúcho le brillaron los ojos y soltó: “Eu tenho un lugar”. O algo así, qué sé yo. Nunca mejor dicho, nos dejamos llevar. Cuatro argentinos derrotados, en la oscura madrugada de Porto Alegre y en manos de un taxista. Parece mucho hasta para un guión mediopelo de terror.
Aún no era época de GPS en el celular. Ni siquiera había llevado el mío. Así que poco había por hacer mientras nuestro conductor doblaba en calles desconocidas. En medio de la incertidumbre, un cartel verde luminoso apareció y se metió en mi mente para toda la vida: HOTEL BOTAFOGO.
Mientras yo pensaba en qué tenía que ver con el club Botafogo, una voz me hizo volver a la realidad: “Esto es un Telo”. Claro, así como llevaba meses sin besar a nadie, tenía aproximadamente 17 años sin relaciones sexuales. Sabía lo que era un hotel alojamiento, al menos conceptualmente, pero jamás me había acercado a uno.
El taxista entró cual habitué, saludó a las recepcionistas, supongo que explicó a su modo la situación y las mujeres se pusieron pálidas. Miraron adentro del auto y vieron la situación: Dos tipos grandes con dos adolescentes. Son sin duda los segundos más tensos que puedo recordar y la frase célebre llegó para quedarse por siempre.
-…Os mininos qué edad tienen!?
-¡NOOOOOOOOOO! ¡Son nuestros hijos, por favor, miren los documentos, no tenemos dónde dormir!
Hoy lo pienso y entiendo todo. En su óptica, esos viejos verdes se iban a enfiestar dos pendejos. La verdad es que no sé si la explicación fue suficiente o si simplemente nos dejaron pasar. Al fin y al cabo eran dos pernoctes en una noche en la que no parecían tener mucho movimiento.
Después de ese rally interminable, frené un segundo y miré a mi alrededor. Me encontré cenando papitas de paquete, habiendo perdido una final y con la repetición del partido de fondo. Un espejo enorme situado en el techo me devolvió la imagen final de la jornada: mi viejo y yo, compartiendo una cama redonda. Así fue mi primera noche en un telo.
Mauro Bajder - Periodista
