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Columna de Opinion

El Pato

Jose Omar Pastoriza hubiera cumplido 78 años este 23 de mayo si no fuera porque su generoso corazón decidió que ya había dado mucho en este mundo, una fría mañana de agosto del 2004.

El Pato fue un grandioso jugador de fútbol, un mejor director técnico, pero sobre todas las cosas, todos los que lo conocieron lo recuerdan como “un gran tipo”. Y seguramente este es el título que él más hubiera valorado.

Con la Roja ganó tres campeonatos locales y una Libertadores. Integró la selección nacional y abrió las puertas del mercado francés para los jugadores argentinos por su desempeño en el Mónaco.

Pero lo más destacable del Pato pasa por calidad como ser humano. Claudio Avruj escribió pocos días atrás sobre la idiosincrasia de Independiente y habló del ejemplo Diogiorgi. Ese componente que llevó al Rojo a ser distinto a los demás clubes. Lo que nos llevó a representar a los trabajadores de Avellaneda, contra quienes simpatizaban con el club de los caudillos conservadores y los políticos sospechados de corrupción .

El Pato fue, quizás, el más digno heredero de esos fundadores. Mucho se ha hablado sobre su papel como secretario de Futbolistas Argentinos Agremiados. Pero pocos saben que su férrea defensa del estatuto del jugador profesional, que terminó con la sanción de la ley 20160, determinó que el Pato tuviera que dejar el fútbol argentino para irse a Francia.

La decisión la tomó después de que fuera “convidado” a una reunión en la casa del por entonces Presidente, Gral. Alejandro Lanusse. Quien “gentilmente” lo invitó a irse del país. Eran épocas donde los sindicalistas luchaban y no se hacían millonarios.

Cuentan que durante esa huelga, un joven futbolista de River le dijo que él no podía parar, porque recién comenzaba y era su oportunidad. El Pato le dijo “vos tenés que jugar cuando te toque porque sos bueno, no porque otros estén peleando por un derecho”.

Para colmo el primer partido después de la huelga fue contra River y el Rojo ganó con dos goles de Pastoriza.
Cientos de anécdotas muestran su generosidad. Las mesas de la “Gata Alegría” eran el lugar tradicional para las tertulias de fútbol. Pero también eran el refugio de todos los futbolistas que caían en la mala. Era vox populi que ahí los recibían.

Una de tantas historias cuenta que Pastoriza subió a su auto a un muchacho que hacía dedo en una ruta del Litoral. El joven venía a Buenos Aires a probar suerte para poder mantener su familia en Misiones. El Pato lo trajo y cuando llegó ya tenía trabajo en su pizzería. Así era con todo.

Oscar Leza, socio y plateista de la Erico, fue gran amigo del Pato y su familia, trabajó muchos años en la Gata. Cuenta que cuando recién se iniciaba y juntaba monedas para su primer auto, un día se apareció el Pato, le dejó unas llaves arriba del escritorio y le dijo “A vos te gustaba el escarabajo, ¿no? Tomá, después vemos lo de los papeles; y de la plata, no sé, después hablamos”.

Son muchas las anécdotas en las que se repite la generosidad, y sobre todo la decisión de ayudar que siempre tuvo.
En su momento muchos lo criticaban por sus técnicas de entrenamiento. Decían que lo mejor que hacía era el asado después del último entrenamiento de la semana. Probablemente fuera cierto. Lo que no valoraban esos críticos era la importancia de esos asados en los que el grupo se forjaba.

Un grupo que bajo su dirección trajo la segunda Intercontinental de Independiente, en un partido histórico contra uno de los mejores Liverpool de la historia, con todos los componentes que tenía ese partido contra el equipo inglés.

Un grupo que confiaba tanto en él que aún jugando con ocho hombres, contra todo un país y un arbitraje amañado, escuchó el “vayan sean hombres, jueguen y ganen” para concretar la hazaña más grande que se recuerde en una cancha del fútbol argentino.

Por todo eso, muchos de nosotros seguimos cantando con alegría: “Gracias señor Pastoriza por todo lo que nos da. Esta hinchada lo agradece y nunca lo olvidará”.

@potemkinrojo

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