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Columna de Opinion

Independiente, Joaquinito y yo (homenaje al querido Eduardo Sacheri)

Es muy poco atractivo el uso de la estadística aplicado al fútbol; cosas del tipo Independiente hace 323 minutos que no hace un gol de pelota parada o lleva 223 que un defensor no cabecea un córner que viene de la derecha, importan poco.

Lo lindo del fútbol es el juego, ver la pelota bien tratada, disfrutar de la diferencia de un tiro libre con un derechazo o acariciando la pelota, tener siempre la incertidumbre del resultado, ser feliz en ese espectáculo inigualable que significa estar en la cancha y llevarse con uno durante días el grito ensordecedor del gol propio o el silencio sepulcral de la derrota.

Sin embargo, surge una pregunta: ¿Son estos días tristes de pandemia, los días que más tiempo estuvimos sin ver fútbol? Cuándo era pibe, las semanas eternas sin la pelota rodando ocurrían en las vacaciones del colegio, que era cuando terminaba el campeonato hasta que arrancaba la Copa de Oro de Mar del Plata y, cada cuatro años, en el receso por el Mundial o en ese lapso que iba entre el Metropolitano y el Nacional, pero no tengo claro si alguna vez fueron 70 días.

Como sea, se trataba de tiempos muy duros y los pasábamos leyendo una y otra vez la colección El Gráfico y, por supuesto, jugándolo con los amigos en el parque. Con mi hijo Joaquinito -que está por llegar a la primera década y ya tiene tres Copas Internacionales- no sabemos qué hacer sin poder patear el cuero un rato, entonces ocupamos nuestro tiempo deportivo en recorrer la historia del Rojo y en volver a leer a Fontanarrosa, a Sacheri o a Soriano antes de ir a dormir.

Extrañamos levantar en el camino a la cancha a nuestro amigo Nico, ir a la Bochini Alta y esas historias que le contaba en los viajes hasta Avellaneda y por eso al repaso de revistas viejas y a las anécdotas, le sumamos los videos de YouTube: le muestro el gol de Percudani al Liverpool, el de Rambert a Boca y narro mi rol en esa fiesta, cuándo la avalancha casi me deja de cara al foso en la Doble Visera; o uno del Palomo en la cancha de Ferro y mi viejo abrazándome en los tablones al grito de “él negro es un fenómeno, el negro es un fenómeno”; el de Bochini a los hijos de emboquillada o los que le hizo al loco Gatti; por supuesto el cabezazo de Pusi, la apilada del Kun, le hablo del Dani Garnero o del equipo campeón del 2002 y la cantidad hermosa de goleadas que nos regalaron.

Y entonces, le digo que el mejor 4 de la historia fue Clausen, la dupla imparable y única fue la de Villaverde y Trossero y que el ídolo de Maradona es el Bocha. Joaquinito guglea y los dibuja y me pregunta por las glorias del 70, del 60 o el 50, me lee sobre Vicente De la Mata o Pepé, me cuenta de Arsenio Erico, dibuja al Chivo Pavoni, lo llama al abuelo para preguntarle y quiere saber si lo vi jugar a Alzamendi.

Así pasamos la cuarentena, revisando nuestra historia gloriosa porque siempre es importante saber de donde venimos, indagar en nuestras raíces y sentirnos chicos otra vez, cambiando figuritas o prendidos a la radio que está debajo de la almohada para escuchar el relato de un partido de Copa. Ojalá, esta horrible pandemia termine pronto y podamos pasarla con el menor daño posible.

Y cuándo todo esto sea el recuerdo de una pesadilla, volvamos a encontrarnos con esos amigos de la cancha, de los que no sabemos ni sus nombres ni sus historias, pero con los que nos abrazamos los días de festejo y puteamos juntos ante la caída.

@mmendez

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