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Columna de Opinion

Bombero de guante blanco y paladar negro

Llegó en silencio como jugador en 1982 incluso en un puesto en la cancha que no fue el que lo caracterizó. Un año después ganó todo aquí y afuera. Lo máximo que un jugador puede pedir en una institución. Llegó tibiamente como entrenador. Llegó sin mucho bombo como manager. Siempre fue una segunda guitarra. Una rueda de auxilio primero para el Bocha, después para Diego, un bálsamo de calidad entre tanta vorágine en la Supercopa en el Maracaná 95’ y la Recopa en Kobe. El que puso la bola al piso ante tanto desborde, tanto centro y el despliegue trepidante de Flamengo.

Hoy llega al equipo de referencia en su carrera precisamente para parar la pelota. Será mas allá de la línea de cal. No podrá ni pegar un grito como adiestrador ni meter un pase gol. Su función ya no será de segunda guitarra. Tendrá la misión de organizar como hacía en el verde césped. Incluso cuando era capitán. Pero su liderazgo tendrá que mostrarse de manera invisible. Con decisiones compartidas entre la dirigencia y los jugadores, entre los directivos, el técnico y los jugadores. Una tarea mal vista en la Argentina. Resistida, controversial, de roles poco claros, de responsabilidades y resultados fríos y lapidarios más allá de sus espaldas, tan grandes y firmes como su brillante carrera.

Quizás en este fútbol caníbal, el Burru hoy sea considerado un técnico “viejo”. El estigma de los campeones del 86’ parece que fuera un factor multiplicador de años. Muchos héroes de esa gesta hace rato el fútbol los jubiló. Burruchaga desfiló en sus últimos años como entrenador en elencos de la segunda división como Atlético Rafaela o Sarmiento de Junín. Buenos resultados anteriores lo ubicaron en ese lote de técnicos salvadores de categoría. Y eso lo rotuló como entrenador de equipos denominados chicos. Una marca que lo excluyó de grandes proyectos.
Esa coyuntura de declive profesional lo hizo ver una realidad y un futuro inmediato como técnico un tanto sombrío.

La Selección Argentina, la misma que supo representar de la manera más brillante que un jugador puede hacerlo, ya lo tuvo como mánager. Allí encontró su continuidad liga al fútbol. Quizás su tarea no lució puertas afuera en un contexto patético de las selecciones nacionales. El desgobierno institucional manchó el trabajo de los entrenadores en aquellas transiciones traumáticas del post Grondona hasta llegar a la conducción de Tapia y su rápido poder ya acopiado en tiempo récord.

Un Independiente deslucido, apremiado, jaqueado por malos resultados, mala elección de técnicos y jugadores, problemas económicos de difícil solución, presiones de clubes extranjeros por deudas no cumplidas, nefasto presente local, permanencia en la Sudamericana casi de manera fortuita, destrucción o implosión de aquel plante del 2017 que nos inflaba el pecho, etc, etc, es la radiografía de momento. Es una lista interminable de factores que muestran una actualidad dolorosa propia de una serie de fracasos. Independiente está lejos de toda chance copera futura, plantel devaluado y jóvenes a los cuales hubo que hacerlos crecer a la fuerza, mucho antes de lo pensado, abortando etapas debido a la circunstancia negativa.

En ese panorama lleno de piedras, Jorge Burruchaga viene a asumir como mánager del primer equipo, cargo que parece una mala palabra en nuestro fútbol que todo devora. Forlán, Montenegro, Marangoni y tantos otros se postularon. Su tarea mancomunada con Pusineri y Berón formará parte de un movimiento inusual en el club. Tanto que se acentúa la poca capacidad futbolera de las principales autoridades del club, Burru llega precisamente para suplir esa ineficiencia, esa carencia. La forma de mánager sigue siendo un tema tabú en el fútbol argentino. Bochini parecía que una vez más, como en la cancha, sería un ladero ideal para cambiar cosas en el ambiente del fútbol profesional. Pero una vez más se bajó, vaya uno a saber por qué.

No hay tiempos. Sí hay plazos. La espalda curtida de Lucas ya en su breve lapso sentado en la silla eléctrica, le da al campeón del mundo un plafón para seguir apostando al semillero ya recibido de grande a la fuerza. Será el encargado de decidir con ojo clínico los próximos refuerzos dentro de un panorama pobre y de bolsillos raquíticos. Terminar dignamente la Copa de la Superliga y barajar y dar de nuevo.

Burruchaga muchas veces lo salvó en cancha. Sus determinaciones ahora y en un plano solo tangencial, prometen seriedad y equilibrio. Los ejemplos de Milito, Francescoli, Romeo u hoy Riquelme son el faro a seguir de ahora en más. El abismo entre dirigentes y entrenador terminó. Los que realmente saben hoy tendrán poder de decisión. El Burru y su estilo de guantes blancos tendrán que tener obviamente paladar negro como indica nuestra historia, pero mano dura como indica este complicado momento.

@bochagallardo

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