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Columna de Opinion

Domingos de radio y amor a la distancia

No sé desde cuándo soy hincha de Independiente. No hay una fecha, ni una edad, ni un momento en el que haya decidido serlo. Mi respuesta, cuando me preguntan, es “desde siempre”, porque en definitiva creo que es así.

Nací 17 días antes del debut del Bocha y después de “mamá”, “papá” y un inentendible “abuelo” que lanzaba cada vez que veía un Falcon, la cuarta palabra que dije seguramente fue Bochini.

Obviamente, fue mi Viejo el que me hizo hincha. No hay misterio en eso. Pero la historia más interesante es cómo él eligió al Rojo. Hijo de un inmigrante italiano desinteresado por el fútbol, de chico era de Gutiérrez Sport Club, el club de la zona donde vivía.

La pasión por el torneo “porteño” se le despertó cuando despuntaban los ´50 y llegó con su familia al vecindario, directamente desde Buenos Aires, Cacho, un fanático de Independiente del que aún hoy es amigo.
Uno de mis recuerdos más antiguos me sitúa a mediados de los ’70 en una cancha mendocina (la duda es si era la de Andes Talleres o la de Godoy Cruz) gritando contra el alambrado el apellido más famoso de Avellaneda, cuando el gran 10 se metía en el túnel tras un amistoso.

El primer partido por TV que vi fue aquel del 2-2 de visitante ante Talleres, el de los tres jugadores menos, el de la hazaña que nos dio el Nacional 77. Y no fue en mi casa, sino en la de unos tíos de mi papá en Río Tercero, Córdoba. Su primo, hincha de los derrotados, debió pagar los helados para todos y decir a los gritos el motivo.

Mi pasión roja de chico fue tan grande que no hubo lugar para un equipo mendocino. Intenté seguir alguno, pero la comparación era inevitable. ¿Cómo “enamorarme” también del club del barrio (que era el Tomba) si el mío tenía al Bocha y era campeón siempre y de todo?

Este sentimiento, debo reconocerlo, me entrenó para resistir: en Avellaneda encontrás otro hincha a cada paso, en la Ciudad de Buenos Aires también abundan, pero en Mendoza todos eran de Boca o River en el barrio. Era yo contra el mundo cada lunes. No es fácil esa batalla dialéctica cuando sólo había otras dos personas en la escuela que compartían la misma pasión; mis hermanos Guillermo y Daniel.

Ser fanático a la distancia encierra un extraño misterio. Eso de no poder ir a la cancha cada domingo y sólo enterarse por la radio o en el diario del lunes cómo salió el partido, cómo jugó el Rojo, quién fue la figura, es en definitiva como el amor a la distancia, que se termina idealizando más que si estuviera a la vuelta de la esquina.

@marcelozentil

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