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Columna de Opinion

“El último clásico”

"El último clásico"

Me despedí de él. Fue en ese clásico del 21 de febrero de 2016, un día antes de venirme a vivir a Barcelona. Algo vibró dentro, sólo que ahora caigo en qué era. No lo iba a volver a ver más junto a él. El partido. Ya no estaría ahí para hacerme dar cuenta, reparar en lo faltante, o marcar un error. El viejo se despidió como un duque.

Lamento que después haya ido solo a un perdido partido con Patronato, y que me logró decir por Whatsapp -sí, finalmente accedió a usarlo- que no era lo mismo sin mí. Él me lo dijo a mí. Y a los 6 días se fue.

Veo esta última foto e inevitablemente lloro. Te veo, nos veo, mirando a la cámara en el momento preciso en que la Doble Visera -siempre seguirá llamándose así- se encendía, al salir el equipo a la cancha. Y todos con sus camaritas dirigidas al campo de juego. Y nosotros de espaldas, mirando lo que importaba. Ese vínculo padre e hijo que no se borra más de la cabeza. Y uno buscará repetir a imagen y semejanza.

Ir a la cancha era un ritual. Una salida construida para pasar toda la tarde o noche con mi viejo. Porque el partido dura 90 minutos. La salida, entendí una vez que se me pasó el fanatismo adolescente, era lo consistente. Hablar en el viaje, en auto o bondi, en la previa con alguna pizza o chori de dorapa, entrar antes para conseguir buen lugar, seguir charlando y contándonos sobre nuestras vidas, y las de los demás, encontrarse a uno que frecuenta la misma ubicación, saludarse, bromear, calentarse, bancársela, festejar, delirar, todos, juntos, abrazados. El fútbol es el único espectáculo al que fui donde la gente se abraza y festeja en conjunto sin conocerse. Bueno, y los recitales. Pero el abrazo y la identidad común, el sentido de que estamos todos tirando para el mismo lado, con el énfasis, con las ganas de que pase lo que tanto fuimos a ver. Que la pelotita cruce esa línea blanca y se pierda en la red, para que de esa forma se pudiera celebrar, y cantar, y cargar, y descargar.

Mi viejo era cabulero. Otros rituales, que pasaban a ser su marca registrada. Como darme un beso en el cachete derecho después del gol. Como formular la frase “no te preocupes, es Racing”, cada vez que se ponía negra la situación contra el vecino.

O durante el campeonato 2002 llevamos una cábala conjunta, que era limpiar nuestro escalón de papelitos, dejarlo limpito para que comenzara el encuentro. Ya nos reíamos. Pero lo hacíamos de todos modos.

O cambiar de posición uno con el otro, cuando se estancaba en una meseta el ataque del Rojo. “Cambiame, cambiame”, nos decíamos. El viejo le dejaba el auto siempre al mismo trapito.

Papá estaba siempre, en las buenas y en las malas, como enseñan las canciones de cancha. Sin melancolía barata, con todas las de la ley, el viejo siempre estaba. Decía presente, y eso me transmitió con las idas a La Plata, a Rosario, a Córdoba, o Mendoza, a ver al Rojo. “Y vayas a donde vayas, yo voy con vos…”.

Si vamos a tribuna, arriba y a un costado. Por si se arma. Y salimos temprano a la cancha eh. Nada de quedar debajo de los primeros 10 escalones contando de arriba. No se ve nada. Ni se te ocurra la idea de irte antes. Todo puede cambiar en materia del juego. Y si no, se afronta la derrota con dignidad. Abandonar es para los tibios.

No me olvido más de una batahola que se armó a la salida de un clásico. Yo tendría 12 años. Y el sabio consejo de mi padre fue “si no sabés qué pasa no corras con todos, buscá donde resguardarte. Y si reparten piñas, no quieras entender, primero revoleá y defendete, después lo analizás”, o algo así me quedó.

O cuando íbamos en el 42 a Nuñez y subió la banda de River y me sacó el gorrito justo a tiempo y lo escondió entre sus ropas. Aprendizajes por estar. Recuerdos imborrables, de choripanes que desbordaban de la mano en canchas de noche, los viernes después del colegio. Lanús, Quilmes, Sarandí, Banfield.

Ponerme en caja alguna vez que me zarpé de locura y tiré una latita semivacía pero empapé a media fila de adelante.

Logré despedirme de él. En ese clásico que terminó en trago amargo con el empate sobre la hora al palo del Ruso. Pero no importaba. La salida ni siquiera llegaba a su fin con el pitazo final. Allí empezaba el ritual de retirada. Silbando bajito, analizando qué pasó, lo que viene, lo que vendrá. Poné la radio que quiero escuchar qué dicen, una bebida para el camino, y ese clima de intimidad de auto de noche. Toma la autopista, la 9 de Julio derecho y salimos a casa rápido que nos dejó una tarta lista mamá.

Yo de vos me despedí. ¿No, viejo? Ese partido último, ese Clásico de Avellaneda, esa tarde-noche de verano en que cumplía un año de casado. Pero era el último nuestro. No podía no estar ahí con vos. Porque nada cambia lo que viví con vos.

Por Maximiliano Galin

@maxigalin

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