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Columna de Opinion

La teoría del amigo-enemigo y el falso lawfare

Cada hincha de Independiente entró en una etapa de absoluto enamoramiento durante la Copa Sudamericana 2017 y su posterior conquista en el Maracaná. Se trató de un proceso plagado de aciertos y de un trabajo criterioso para devolver al Rojo al lugar que merece, recuperando su mística copera, con la impronta que todos nos sentimos representados. Fue un logro claro de Ariel Holan como entrenador, que buscó recobrar ese ADN que tanto se perdió en estos años.

Mismo análisis para la dirigencia que ordenó un club casi devastado y en el abismo, y que, a su vez, lo combinó con buenas decisiones para contratar.

Si bien todos hemos tenido malas experiencias anteriores que nos hacen estar atentos a eventuales descalabros, se trató de una etapa que quedará en nuestra retina y que producirá una lágrima de emoción ante cada reproducción. Sin embargo, como se hizo hincapié en anteriores ediciones de esta columna, toda esa ganancia obtenida con tanto esfuerzo se dilapidó de una manera inédita e insólita. Por las formas y el tiempo.

En menos de dos años, Independiente pasó de ser el mejor equipo de la Argentina y de tener un club con un auge económico e institucional a ser un plantel devaluado en dimensiones dramáticas  y un club “casi quebrado”. Pareciera que ni a propósito no se podría haber hecho tan mal las cosas.

Lo cierto es que existieron distintos momentos que vaticinaron semejante desastre. La peculiar renuncia de Holan como técnico tras la copa en Brasil fue el inicio de un camino que nos llevó al fracaso.

Tras claudicar su tarea por distintos motivos, a los pocos días regresó tras la insistencia de los dirigentes y del público rojo. No obstante, volvió con la llave del club. En vez de ser el entrenador se transformó en manager y hasta presidente, tomándose la facultad de “echar” dirigentes de vestuarios y micros en los días de partido, entre otras atribuciones más graves, incluso.

En lo netamente futbolístico, hizo y deshizo con representantes que sólo hicieron negocios inescrupulosos, siendo uno de ellos el más preponderante durante estos últimos años. Desde aquel verano del 2018 se observó un despilfarro económico sin sentido, aunque siempre justificado por el eventual superávit que iba a generar la cotización de nuestro patrimonio en la cancha, es decir del plantel campeón de la Sudamericana. Si bien era una conjetura relativamente cierta por entonces, entraba en el terreno de lo contra fáctico.

De igual modo, dándole la derecha, ese capital debía aprovecharse con criterio y no derrocharse de manera descomunal y caprichosa, para no usar otros calificativos más profundos y delicados.

La llegada de los Emmanuel Brítez, Braian Romero, Jonathan Menéndez, Fernando Gaibor, Gonzalo Verón, Silvio Romero, Ezequiel Ceruti y Francisco Silva en ese año fueron las distintas señales para advertir un conjunto de malas decisiones que lo único que provocó fue el destierro de muchos campeones infravalorados como Emanuel Giglioti y Fernando Amorebieta, por citar dos ejemplos.

Los compilados de You Tube y los vínculos fuera de Villa Domínico (más puntualmente en Puerto Madero) hicieron que se cambiara el eje tan elogiado por todos. Una matriz productiva que fue galardonada de la mejor manera. El trabajo constante fue desplazado por un empoderamiento desmesurado que, como todo exceso, es malo, contraproducente.

En el marco de una dirigencia más preocupada por atender ocasionales paros generales, denunciando “el ajuste” y “la recuperación del poder adquisitivo de los trabajadores”, Ariel Holan fue amo y señor de las determinaciones de un club que fue más monarquía que nunca.  Parece un término fuerte, pero hay otras formas autoritarias que serían más contundentes para explicar cómo Holan echaba a todo aquel que no pensara como él, resultando una historia que tiempo después reconocieron las víctimas de ese totalitarismo.

El mandamás con pasado en los regionales de hockey utilizó en más de una ocasión un relato que nunca se plasmó en la realidad. Ante cada derrota, graficaba un partido que nunca se había visto y adjudicó el presente a un periodo de transición que sería gratamente enriquecedor cuando se coseche lo que se siempre. Hablaba de que sólo faltaba encajar bien las piezas del rompecabezas en la cancha y que iban a llover las ventas millonarias ante un plantel cotizado en el mismo nivel, o por encima, de Boca y River. No alcanzó vender humo con los gorritos del “Rey de Copas”. Todo se había perdido.

Terminó la era Holan, envuelto en una situación de tensión irremediable, llegando al punto que no sabían cómo explicarle lo que él mismo había generado. Había miedo de cómo se lo comentaban. Increíble.

Con la llegada de Beccacece se profundizaron los desaciertos, pero en un momento más inadecuado. Ya endeudados por la pesada herencia del emprendedor de los drones, la dirigencia aceptó agudizar las penurias comprando insólitos jugadores por 15 millones de dólares que no teníamos.

Los resultados están a la vista, y no solo por los pésimos resultados del peor técnico de la historia del club, sino por las consecuencias del impacto económico. En medio de una anarquía gubernamental, el plantel se encontraba (y se encuentra) desmotivado, enojado y valiendo significativamente menos a hace dos años.  Tan dramático es el contexto que Independiente sacó del club a Pablo Pérez pagándole un extraordinario sueldo en el próximo año y medio. Mismas situaciones con otros futbolistas como Francisco Silva y Gonzalo Verón, ambos demandando ahora al club. Inviable.

El “triste take away” que ocurre en la actualidad es la fiel demostración de cómo los dirigentes pretenden hacer una mínima caja para subsistir, al menos para pagar los sueldos (recortados por la pandemia del coronavirus).

No hay margen para comprar ni obtener grandes jugadores a préstamo. Se desconoce realmente cómo se podrá pagar al influencer Cecilio Domínguez o qué hacer con Lucas Romero, quien hace honor a su apodo. Qué pensar de Carlos Benavidez, quien casi no jugó y buscamos devolverlo a Uruguay.

Hay un reconocimiento tácito de las autoridades al club al haber abandonado las andanzas en los últimos 2 años. Ahora, es bueno plantearlo y actuar, en vez de guardar la basura debajo de la alfombra. Es peor tarde, que nunca. No sabemos si alcanzará para revertir la situación, aunque es bueno intentarlo. Sin embargo, difícilmente se podrá salir de esta adversidad si no se deja de lado el atajo.

Hablar de persecuciones políticas durante la administración anterior de la Casa Rosada es tirar la pelota afuera, en la jerga futbolera. Si bien esa denuncia, que este sábado reiteró Holan, podría ser real en el ámbito sindical y político, resulta infundado en Independiente.

¿El expresidente compró a Gaibor, Francisco Silva, Cecilio Domínguez, Benavidez, Christian Chávez y el resto de los jugadores que no rindieron nunca y que hoy demandan al club?. ¿El jefe de Gabinete pasado puso al representante que Holan y Beccacece contactaron para traer esos refuerzos? ¿Amordazaron a los dirigentes para impedir tamaña locura?. Son solo algunas preguntas en voz alta para tratar de comprender el origen de estas afirmaciones que buscan justificar este presente sombrío.

Suena infantil considerar aceptable una denuncia de este tipo para argumentar el presente de Independiente. No hay un fundamento sólido para sostener semejante planteo de un lawfare, término conocido en los últimos meses en los tribunales de Comodoro Py. Y si existiera persecución en las otras órbitas de los intereses del actual oficialismo, sería pertinente que se decidan cuál es su prioridad, porque no se puede conducir un club de tal envergadura por teletrabajo o part time.

Si bien se celebra que se remangaron las mangas para tratar de enderezar el barco, sin un total reconocimiento del motivo del acabose, no habrá forma de evitar el iceberg.

@nicogallaok

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